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martes, 2 de diciembre de 2014

EL NACIONALISMO, PATOLOGÍA DE LA DEMOCRACIA

 Escrito por Luis Roca Jusmet




 Uno de los libros que me gustan más del polémico filósofo Slavoj Žižek es precisamente uno de los primeros que leí. Se titula  Mirando el sesgo. Un a introducción a Jacques Lacan a través de la cultura popular. Los artículos son variados y uno de ellos tiene una gran actualidad: "El malestar en la democracia formal." En dicho artículo se plantea sobre qué bases puede construirse una ética en la democracia liberal. Siguiendo a Richard Rorty plantea que partimos de la imposibilidad de dar una base trascendental a los derechos y libertades humanas. No hay nada sagrado, nada superior que los justifique. Su contingencia tiene el problema de llevarnos a una deriva relativista en el que cualquier relato es aceptable. Rorty pone como correlato la solidaridad, el reconocimiento del dolor del otro, la identificación con este dolor ajeno. Žižek considera que esta es la utopía liberal, la de pensar que espontáneamente nos preocuparemos por el otro. Es imposible, dice, porque es el superyo el que nos hace preocuparnos y ocuparnos del otro. Y el superyo saca su goce del ello, de las pulsiones. Dicho de otra manera : el deber se sigue si el hacerlo nos procura algún goce. Es lo que llama el lado obsceno del deber. 
 En el caso de nuestra sociedad democrática liberal se plantea el siguiente problema. El sujeto de la democracia liberal es el ciudadano abstracto, no un hombre con toda la riqueza de sus subjetividad.  El ciudadano no se identifica con nada porque es un sujeto vacío de derechos y deberes. No hay, por decirlo así, sentimientos. Los humanos necesitamos identificaciones imaginarias, emocionales que nunca la democracia formal nos dará. En cuanto queremos dotar a la democracia de contenidos concretos caemos en un comunitarismo que conduce al totalitarismo. porque identificamos entonces al ciudadano abstracto con el miembro concreto de una comunidad y los que están fuera de esta identificación quedan excluidos.
 La tendencia de la democracia formal es caer en el nacionalismo. Funciona como su resto, su patología. Nos permite una identificación pero a riesgo de caer en su contrario, que es el totalitarismo. La nación remite al pueblo y la democracia liberal formal al ciudadano.
 ¿ Cómo solucionar el problema ?  Žižek nos sugiere que volvamos a Freud. Freud es un ilustrado, un defensor de la racionalidad, en contra de lo que plantean algunos tópicos. "la voz de la razón habla bajo", decía Freud, pero hay que escucharla. hay que mantener este sujeto vació de derechos y deberes, este ciudadano no patológico, no dominado por sus pulsiones. Pero nos resistimos a la universalización porque somos seres vivos, pasionales, deseantes. Quizás el único camino, dificil, sea resistirnos a las identificaciones únicas, las que nos dan la religión o el nacionalismo, como advertía Amartya Sen. Resistiéndonos a las identificaciones únicas, que son particulares, de identificación con el grupo podemos dar pie a las identificaciones singulares. Como plantea Rorty, a partir de Foucault, el ser capaces de hacer de nuestra vida una creación personal. A partir de muchas identificaciones, no una sola. La defensa de la universalidad de los derechos pasa así por la defensa de la singularidad, no d ela particularidad del grupo.
 Freud veía en el nacionalismo un "narcisismo de las pequeñas diferencias" que podía ser devastador.

miércoles, 8 de octubre de 2014

¿ QUÉ IZQUIERDA ?


    Artículo escrito por Luis Roca Jusmet 

La izquierda, plantea Žižek, vive una de las peores crisis de su historia. Una de las causas es la incapacidad para enfrentarse con su propio trauma, que es el estalinismo. La izquierda no tiene una teoría de lo que fue el estalinismo, prefiere correr un tupido velo y esto le lleva a veces a utilizar el lenguaje de la derecha liberal para explicarlo. Hay en el estalinismo, dice Zizek, algo enigmático y desconocido. El estalinismo tiene algo de verdad, la de la Revolución de Octubre. Es un discurso perverso a través del cual habla el Gran Otro de la Historia. Nos convertimos en el objeto de goce de este Gran Otro, en su instrumento. Hay también un retorno de lo reprimido, que es la muerte de la Revolución de Octubre. Lo reprimido vuelve contra todo el mundo. Aquí no hay chivo expiatorio, todos son culpables y cualquiera puede ser eliminado. Es totalmente diferente que el nazismo, que es un discurso paranoico, centrado en la figura del chivo expiatorio, en la violencia irracional desencadenada contra él. El estalinismo no contiene lo que el nazismo tiene de simulacro, de mentira, de espectáculo.
La primera opción que critica es, por supuesto, la de la izquierda liberal, la de la Tercera que viene a ser una alternativa de gestión del tardocapitalismo globalizador. Žižek le reconoce una coherencia al plantear un capitalismo con rostro humano y defender mejoras dentro del propio sistema. Pero la paradoja, como hemos dicho antes, es que al someterse a las reglas del capitalismo universalista, sin defender los intereses de ningún grupo en particular, puede convertirse en el mejor gestor del sistema, puede defender su funcionamiento global mejor que la propia derecha. En esta línea Zizek critica la falsa consistencia de este universalismo en nombre del cual Rawls plantea su teoria de la justicia o Rorty sus reglas formales para salvaguardar el espacio privado de la autocreación individual. No hay individuos racionales que actuan en función de sus intereses racionales como base del contrato social. Porque estos individuos racionales, no mediados ni por el deseo ni por la fantasia, no existen.Tampoco pueden existir estas reglas formales que se convierten en ley universal ( Rorty). Todas las reglas, cualquier ley, está impregnada de goce, que es el alimento del superyo. El deber es una obcenidad, no hay ley universal que no sea patológica. La segunda opción es la marxista-leninista dogmática ( muy bien representada en el troskysmo) que mantiene un viejo discurso que consideran que el proletariado aun tiene la homogeneidad que ha perdido y que el movimiento obrero mantiene una acción revolucionaria reiteradamente traicionada por sus dirigentes. Sus análisis ocultan su incapacidad de entender el presente y de ofrecer nuevas alternativas, ya que se basa en análisis superados y en posturas históricamente derrotadas. Se convierten en una secta que mantiene una especie de fetichismo sobre la clase obrera y su potencial revolucionario. Entraría en lo que Lacan llamaba el narcisismo de la cosa perdida.